titiriterosEl desmesurado eco del asunto titiritero del pasado Carnaval madrileño parece que se cobra una nueva víctima: la del Director de Programación y Actividades Culturales del Ayuntamiento, Jesús Carrillo.

Sería de muy poco provecho ocuparse y preocuparse de este asunto en exclusiva desde el punto de vista de la influencia/repercusión de los medios de comunicación. Hacerlo sería detenernos en el detalle sin ver lo relevante. Es mejor y aporta más valor analizarlo desde el punto de vista de la programación y de lo que los gestores deben/debemos aprender en relación a esta cuestión.

Y es que, este grave error producido en la programación cultural de proximidad, saca a la luz la cuestión de cómo se conforma la oferta cultural y artística para los barrios, cómo se toman las decisiones y qué perfiles profesionales han de asumir esa tarea.

Los dirigentes de las instituciones públicas culturales han sido elegidos, entre otras cosas, para gestionar las propuestas que llegan a los ciudadanos. Y para ello deben conocer lo que interesa a los vecinos y ofrecerles lo que desean para sí o para sus hijos. Y, por supuesto –esto está fuera de toda discusión-, deben conocer lo que programan porque SON RESPONSABLES de las decisiones que toman. Entre sus tareas figura, también, decidir en quiénes delegar esa compleja tarea de programar, que requiere de inicio conocer a fondo lo que se está produciendo en el terreno artístico en Madrid, en España e incluso a nivel internacional.

Y en el caso de los titiriteros, “alguien ha matado a alguien”, como dijo Gila. Vamos que… aquí alguien no hizo su trabajo; alguien cometió un grave error en la selección. Sin paños calientes: alguien hizo muy mal su trabajo. Y eso nos habla de ese alguien concreto y también de la filosofía de trabajo del área donde se integra. Y por tanto, alguien debe asumir la responsabilidad y actuar en consecuencia de cara al futuro.

En un país en el que en el mejor de los casos se conciben las dimisiones como cortafuegos hacia arriba, con simples cambios de responsabilidad no se resuelve el problema de fondo. Porque este error puede ser la punta de un iceberg de órdago. ¿Con qué criterios programaba el programador? ¿Es la única obra no visionada previamente? Y… (miedito me da) si no es la única ¿cuál es el criterio de selección y contratación? O… (seré bien pensada) para seleccionar, ¿solo leer la sinopsis es la norma?

Yo diría que son cuatro los componentes esenciales que hacen posible una buena programación. En primer lugar, responder a unos objetivos de política cultural conocidos y expresos; en segundo lugar, conocer las necesidades y deseos de los ciudadanos, porque uno no programa lo que le gusta sino que lo hace en función de los vecinos y de atender lo mejor posible el servicio público cultural; en tercer lugar, se deben conocer la oferta artística y cultural existente para seleccionar la más adecuada y de mayor calidad, y conocer, así mismo, sus características técnicas, para que se acomoden a las de los espacios de exhibición; por último, quienes tienen que realizar ese maridaje entre oferta artística y espectadores, deben ser profesionales que conocen los extremos y peculiaridades del hilo cultural. Ya para nota de una buena programación está buscar y lograr la participación organizada de los ciudadanos como parte sustancial, lo que requiere establecer canales por los que los vecinos puedan expresar opiniones, críticas y propuestas.

La carencia de alguno de estos pasos pone en riesgo el conjunto.

Parece obvio que buena parte de los criterios para realizar la programación no están presentes todavía en la acción del actual equipo de gobierno. Por eso, al menos, sus decisiones deberían ser prudentes, pidiendo consejo y apoyándose en quienes sí la tienen. Toda la humildad es poca cuando lo que está en juego es un derecho ciudadano, como es el de acceso a la cultura en nuestro caso. Lo contrario es perjuicio para el ciudadano y políticamente suicida.

No es la ideología o la adscripción a una determinada fuerza política, sino la capacidad de gestionar bien la cultura, y cualquier responsabilidad pública, la que debe conformar el ADN de quien aspire a representar el interés público. El poder es una herramienta para beneficiar a los ciudadanos; no una palanca de ensimismamiento o de beneficio propio. Programen y gestionen, pues, quienes tengan capacidad contrastada para ello; profesionales, por favor.

Epílogo: La dichosa función titiritera ¿tendría el aprobado como espectáculo? Vamos que… si ¿es buena?

 

Simona Bada

Gestora Cultural